En vez de crear un nuevo espacio de encuentro cívico y público, se optó por revivir la rotonda, enrejar a Baquedano y prepararse para las nuevas batallas que se darán en este muro invisible que divide a Chile.
Difícil encontrar un espacio con mayor carga simbólica que los 15 mil metros cuadrados de la Plaza Italia, Baquedano o Dignidad. Ha sido el epicentro de marchas, celebraciones deportivas o algarabías varias. Tras su remodelación por las obras del nuevo eje Alameda, la discusión ha estado anclada en la reinstalación del monumento al general Baquedano.
Poco y nada se ha abordado sobre lo que representa este punto de reunión para millones de chilenos desde la perspectiva de su convivencia social y política. La Plaza Italia es al mismo tiempo un punto de encuentro social y de división social, porque en la retina social dicha plaza divide a quienes viven arriba y abajo. Es, al mismo tiempo, una plaza y un muro. De ahí la relevancia de lo que pudo haberse hecho en su reconstrucción.
La tercera entrega de la Encuesta Clima Social ICSOH – UDP nos aporta una señal de alerta: un 84% de los entrevistados menciona una palabra negativa sobre el trato entre las personas (convivencia); un 49% declara preocupación y un 35% decepción. La buena convivencia se da en espacios donde hay vínculos y reglas compartidas, mientras que la mala convivencia se experimenta en espacios masivos, estresantes y anónimos con objetivos individuales.
Tal como señalan los grupos focales que acompañaron la encuesta: “Los espacios en que yo me siento muy bien es cuando, como ciudadanía, estamos de acuerdo en conjunto en ciertas cosas y nos organizamos para dialogar, conversar, civilizarnos de alguna forma” (Focus hombres). Los primeros son altamente valorados, pero escasos: se construyeron en el pasado y no se han ampliado. No hay un espacio público compartido.
El origen de esta convivencia cívica fallida no es –como habitualmente se repite– la falta de normas claras que la regulen, sino el respeto efectivo hacia ellas, lo que admite varios matices. Las personas descartan más normas y apuntan a la desconfianza y a reglas que no son iguales para todos; lo que se reclama es formar conciencia y despejar las condicionantes contextuales que hacen que las existentes no se cumplan.
De este modo, la desconfianza hacia las instituciones no es la causa, sino la consecuencia. La semana pasada quizás ha sido un buen momento para observar aquello: instituciones que parecen no garantizar derechos básicos como el de la seguridad de los menores de edad y a la de carácter social, en especial de los más pobres.
La sensación de indefensión se expande. “Las personas que están marcando las reglas del juego no están cumpliendo con lo que se esperaba de ellas. No nos están dando ejemplos de ética, y obviamente le estás diciendo a toda la ciudadanía: ‘Oye, no tengas ética’” (Focus hombres).
Teniendo lo anterior como base, la percepción de convivencia de las elites también es relevante. Un 65% de los entrevistados percibe que el trato entre los políticos es irrespetuoso, percepción que no señalan grandes diferencias por edad, género o condición social. En esa misma línea, un 69% de los entrevistados percibe menos respeto hacia la autoridad: 61%, menos respeto hacia quienes piensan distinto; 56% cree que ha aumentado la agresividad en el trato. Probablemente la pérdida de respecto a la autoridad esté relacionada con que esta ha dejado de ser ejemplo.
“Si vemos que desde nuestras autoridades se faltan el respeto, se insultan, se caricaturizan, se saltan las reglas […], el otro dice: ‘¿Por qué yo tengo que obedecerla?’” (Focus Mujeres).
Esa falta de convivencia y respeto mutuo hace más compleja la búsqueda de acuerdos para enfrentar problemas comunes. La poca disposición a ellos es percibida de la misma manera en uno y otro lado del espectro político: mientras el 54% de las personas señala que el Presidente tiene poca o ninguna disposición a ceder en sus posiciones para llegar acuerdos, un 60% piensa lo mismo respecto de los parlamentarios de oposición. Solo 6 puntos de diferencia entre ambos.
Todo lo anterior reinstala algo que nunca ha desaparecido en la serie de estudios cualitativos que hemos venido desarrollando desde 2019 a la fecha: la sensación de una olla que en cualquier momento va a explotar. Es cierto que en los años precedentes había bajado la intensidad de esa percepción, pero la presión nunca ha dejado de estar en estas conversaciones. Y sí, siempre es difícil precisar cuándo puede explotar exactamente la tapa de esta olla. “Siento que hay como una pequeña olla a presión de nuevo, porque hay muchos temas raros dando vueltas y nosotros los pateamos para adelante, los pateamos para adelante” (Focus mujeres).
A siete años del estallido social, los análisis parecen no salir del loop: la búsqueda de causas y responsabilidades en forma unidimensional. Pocos se han atrevido a avanzar en lo que es tan incuestionable como marco: hay un severo problema de convivencia social que se proyecta hacia el carácter de la actividad política. Difícil construir expectativas en torno a un futuro común mientras no reconstruyamos la plaza donde todos se sientan en confianza y compartiendo ciertos objetivos mínimos comunes.
Otro estudio focal de esta misma serie realizado en julio de 2025 señalaba que la desconfianza limita la solución de los conflictos. Cuando no hay fe en las soluciones propuestas y en las autoridades encargadas de implementarlas, los problemas se estancan. Esa falta de credibilidad obstaculiza cualquier intento de mediación, perpetuando un ambiente de tensión y dificultando una convivencia efectiva.
Yendo más allá de la esfera política: la promesa de una recuperación económica (el próximo año “será extraordinario”, ha prometido el Presidente Kast) requiere de esta plaza pública que aporte confianza en las que reglas del juego no serán cambiadas por el próximo Gobierno. Concretamente, ¿es posible garantizar que no se discutirá una nueva reforma tributaria en la siguiente administración?
La reconstrucción de la Plaza Italia, en este sentido, es un símbolo más del estado actual de la sociedad y de la política. En vez de crear un nuevo espacio de encuentro cívico y público, se optó por revivir la rotonda, enrejar a Baquedano y prepararse para las nuevas batallas que se darán en este muro invisible que divide a Chile. Los urbanistas, ingenieros, arquitectos y tomadores de decisión no alcanzaron a comprender la importancia que tenía aquel espacio. Y al no construir una plaza pública –aquella que congrega– nos quedamos solo con estatuas que nos recuerdan el pasado, pero no logran crear un futuro común.
