Mi esposa puede vivir sin escribir, pero no puede vivir sin hacer deportes. Yo no puedo vivir sin escribir, pero puedo vivir sin hacer deportes.

Mi esposa encuentra la felicidad en el gimnasio de la isla. No hay día en que deje de ejercitarse. Se somete obsesivamente a pruebas físicas extenuantes. Compite con otras mujeres del gimnasio. Les gana a todas. Necesita ganarles. Siente que su orgullo está en juego. No se perdona si queda segunda o tercera. Es una competidora feroz.

Yo encuentro la felicidad en mi estudio de trabajo, en el segundo piso de mi casa. Cuando cierro la puerta del estudio, dejando afuera al perro y a los gatos, y me quedo por fin solo frente a la pantalla de la computadora, pienso que he llegado al paraíso que he elegido: una casa tranquila, en una isla apacible, lejos de la familia en que crecí, a salvo de los bárbaros y los matones de mi país de origen, de espaldas al tráfico de chismes, insidias y mezquindades al que la vida pública me ha condenado desde joven. Luego empiezo a escribir y entonces me permito la callada dicha de ser otras personas, y vivir otras vidas, y atreverme a ser un héroe y un villano, un devoto y un impío, un valiente y un cobarde, un justiciero y un miserable. Las horas en que escribo son siempre las mejores. Sin embargo, soy un escritor cuando escribo y cuando no. Los días en que no escribo son aún peores que los días en que no he dormido. Transcurridos dos o tres días sin escribir, me siento triste y vacío, un impostor, un traidor a la misión que me ha sido encomendada, un sujeto extraviado, sin norte ni futuro. Cuando leo los diarios todavía en papel, o veo una película, o manejo al estudio de televisión en medio del tráfico espeso, una zona de mi cabeza me habla de las cosas que debo escribir: me sugiere tramas, me susurra personajes, me dicta títulos, me tienta con picardías y maldades.

Mi esposa se encuentra a sí misma agitándose, ejercitándose, transpirando. A veces me dice que, si sus padres la hubiesen guiado tempranamente por el recio camino de los deportes, habría sido una tenista profesional, una atleta olímpica, una campeona de natación, una medallista de oro en karate. Todo lo hace tan bien, con tantas aptitudes y destrezas, que parece haber nacido para practicar deportes. Sus padres no vieron en ella la promesa de una deportista profesional que habría de ganarlo todo. Yo tuve la suerte de descubrirla. Cuando corre, cuando nada, cuando pelea, cuando golpea una pelota, es difícil que le ganen.

Yo no hago ningún deporte. Soy feliz así. Antes salía a correr. Lo dejé. Luego salía a caminar. También lo dejé. Ahora solo camino trechos cortos, dando pasos lánguidos, mareados: voy de la cama al baño, del estudio de trabajo a la sala de lectura, de la cocina al comedor, del comedor al jardín, del jardín a la piscina, de la piscina a la cámara de vapor. Aun así, me canso. Mi padre, tendido en su cama, me decía, cuando era niño, que yo era un perezoso, un haragán. Tenía razón. También me decía, bebiendo un trago más, que yo vivía bajo la ley del mínimo esfuerzo. Tenía razón. Probablemente por eso soy un escritor. Es un oficio que me permite llevar una vida quieta, sedentaria. Me refugio en una rutina tranquila que me aleja de los tontos y los vulgares, de los ruidos y las fiestas, de los que ocupan el poder y los que sueñan con ocuparlo.

Este fin de semana mi esposa cumplirá treinta y ocho años. Me enamoré de ella cuando tenía veinte y yo más de cuarenta. Desde entonces estamos juntos. Me ha pedido que no celebremos en modo alguno su aniversario. No desea fiesta, baile, euforia, bullicio, jaleo. No quiere ver a sus amigas ni celebrar con nadie ni embriagarse con buen vino. No se siente de ánimo festivo. Se opone firmemente a que otras personas entren en nuestra casa como una tropa bárbara, invasora. Sostiene que esa gente afiebrada y vocinglera, sospechosamente alegre, contaminaría, con su energía atropellada y su bullicio incesante, el aire puro de nuestra casa. Ve entonces su cumpleaños no como una oportunidad para celebrar a los gritos como suele festejar la gente común, sino como una ocasión para atrincherarse en la casa con nuestra hija adolescente y conmigo.

Si tengo suerte, la noche de su aniversario condescenderá a hacerme el amor. Tiene el cuerpo de una atleta, esculpido por el rigor físico. Yo me permito las curvas fofas de una señora jubilada. Por fortuna, las luces tenues de la penumbra habrán de disimular mis miserias, escamotear mis bultos y favorecer su deseo miope. Hacemos el amor todos los domingos. Nos conviene bastante más que ir a misa. Después necesito varios días para recuperarme. Veo con asombro y estupor a las parejas que hacen el amor todos los días. Yo me canso de solo pensarlo. Mis reservas de lujuria se encuentran considerablemente diezmadas. Debo cuidarlas para llegar con bríos a la cita del domingo.

Así como mi esposa puede vivir largas temporadas sin escribir, y solo se resigna a hacerlo cuando no puede evitarlo más, y por eso ha publicado cinco novelas, todas ancladas en los momentos capitales de su vida, también puede vivir sin leerme y sin verme, sin estar atenta a las palabras que digo y escribo. No ve mi programa de televisión, no le interesan mis chácharas sobre asuntos políticos, raramente pierde su tiempo leyendo mis columnas y no siempre termina de leer mis novelas (la última le pareció una orgía babosa de generales venezolanos gordos). Sin embargo, me escucha con atención cuando le hablo del libro que estoy escribiendo. Me quiere cuando soy un escritor taciturno. Me quiere menos cuando soy un charlatán itinerante. Me pide que deje de viajar, que no conceda tantas entrevistas, que no me exponga a preguntas malnacidas, que hable menos de política. Le gusta que me encierre a escribir. Sabe que entonces, a solas, ensimismado en mi estudio de trabajo, me siento como ella en el gimnasio, y encuentro mi lugar en el mundo, y vuelvo a recordar para qué he nacido.

Cuando me enamoré de mi esposa, le prometí que la cuidaría y amaría como nadie, ni siquiera sus padres, la había amado ni cuidado. Me pregunto si habré cumplido. También le prometí que la ayudaría a convertirse en una escritora. Lo ha logrado a su aire, a sus tiempos, sin querer parecerse a nadie, buscando su voz y su estilo. Le pedí que me diera una hija. No tuvo miedo. Ahora somos padres de una adolescente que asocia el placer a las horas en que lee y escribe. Por último, le rogué que viniera a la isla a vivir conmigo, que se alejara de la ciudad del polvo y la niebla. No dudó en arrojarse, intrépida, a la aventura. Hemos sido felices desde que llegó. No se imagina viviendo en otro lugar. Sus días mejores son aquellos en que no se ve obligada a salir de la isla. Como yo, siente que ha llegado al paraíso.

El día de su cumpleaños iremos a una tienda fuera de la isla y comprará un reloj. Me gusta regalar relojes a mi esposa y a mis hijas. Luego comeremos en un café que ha elegido. Al día siguiente, su padre, que está lejos, cumplirá ochenta y dos años. Lo recordaremos con amor. Es un caballero a la antigua. En los últimos tiempos le cuesta trabajo caminar. Así como su hija ha nacido para los deportes, él eleva su espíritu, calma sus nervios y recuerda quién es cuando se baña en el mar, en su club de playa de toda la vida.

Mi esposa no necesita publicar un libro el próximo año para sentirse una mujer de éxito. Sus libros ocasionales no definen su éxito, su infrecuente vida pública tampoco. Lo que la salva de la desdicha, el tedio y la abulia es pasar unas horas bestiales en el gimnasio, sudando a mares, y luego correr diez kilómetros a toda prisa, tratando de batir su récord, y al final del día someterse a una prueba de karate o un juego de tenis. Lo que acaso le deja un sabor victorioso y un aire liberador no es tanto ganarles a las otras mujeres que son sus rivales encarnizadas, sino superarse a sí misma, competir consigo misma, derrotar a la mujer que fue ayer, ganarle a su más reciente versión. A diferencia de ella, yo sí necesito publicar un libro el próximo año. No por eso me sentiré un hombre de éxito. Solo me siento un hombre de éxito cuando mi esposa me hace el amor.

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