Seguimos obsesionados con el 18-O como a quien le pena un muerto de mala muerte; que así es como se carga a cuestas la mala conciencia. Sucede también que la indefinición de fenómenos que marcan un antes y un después termina convirtiéndose en una contradicción sin resolver y el pasado trizado suele resistirse a desaparecer.
Con las revueltas y revoluciones es patente. Podrá quebrarse el orden establecido sin vuelta atrás, pero tampoco se consiguen triunfos definitivos. Es tal el freno de mano que debe aplicarse que se relativiza cualquier efecto. A toda revolución le sigue una revolución en contra. De ahí que, en Francia, donde comenzó esta lógica, tardaran 91 años en acordar el 14 de julio como fiesta nacional; si bien esta semana hemos visto que siguen sin poder evitar barricadas ni la quema de edificios públicos. Y, al igual que en 1830, 1848 y 1871, es muy probable que el partido del orden vuelva a ser el malo de la película y se imponga, pero solo hasta la próxima ronda.
Pasa otro tanto con las guerras. Tras 1918, Alemania se rearmó y cobró su revancha. Y después del 45 —a pesar del Holocausto, los gulags y las hambrunas bajo el socialismo, fenómenos fomentados por ideología— se hizo la vista gorda, sin juzgar a muchos que cometieron crímenes contra la humanidad. También ocurrió lo inesperado con la bomba atómica. Resultó tan evidente su monstruosidad que no volvió a usarse, pero siguió siendo una amenaza para contener y disuadir.
Y es que a toda acción una igual reacción impredecible. Estalló el 68 y los jóvenes le declararon la guerra a la burguesía y al comunismo, aunque así no más les fue. No se hicieron del poder; tuvieron que mamarse al gaullismo, a los tanques rusos, a Nixon, Pinochet, Thatcher, Reagan, y ver cómo el capitalismo hizo de su rebeldía una marca también comerciable. Es decir, se les ofreció la traición. En cuanto al golpe del 73, nos “liberó” del peligro comunista, pero vaya a qué costo brutal; y, además, no sepultó a la izquierda y, post-88, se debió comprar a uno que otro zurdo. Y si bien la caída del muro en el 89 fotografió bien, en Europa del Este volvieron las guerras, los nacionalismos, los populistas, las dictaduras, y hasta comunistas tuvieron que convertirse en mafias para sobrevivir.
Así las cosas, ¿qué se puede esperar de nuestro “estallido” no menos anticlimático? Una larga vida por delante. Ello, seguro, mientras persista la duda y su aprovechamiento retórico, tratándose de un gemido, furioso y todo, que algunos, sin embargo, pretenden hacer pasar por un Big Bang. Hay quienes estiman que a la historia hay que evaluarla sub specie aeternitatis. ¿Sin pasiones de por medio, aun cuando en sus propias columnas de opinión se ponen y quitan la capucha? En fin, además de cuanto loco todavía suelto, sobran los descerebrados y veletas.
Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Algunos leen, otros se informan. Aprovecha esta oferta única.